Ormuz: El Estrecho de la hipocresía
Estrategia$
Jueves, 30 de abril de 2026
En el complejo tablero de la geopolítica actual, las aguas internacionales y los estrechos estratégicos se han convertido en el escenario donde el Derecho Internacional muere y nace la "Ley del más fuerte". Mientras la prensa global satura los titulares con términos como "seguridad nacional" o "intercepción preventiva", se omite sistemáticamente una verdad técnica: la legalidad marítima se ha convertido en un traje a la medida que las potencias se quitan y ponen según su conveniencia.
El caso del Estrecho de Ormuz es el ejemplo perfecto de esta disonancia. Con apenas 33 kilómetros de ancho, este paso vital para el petróleo mundial está cubierto en su totalidad por las aguas territoriales de Irán y Omán. Bajo la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), debería regir el "paso en tránsito". Esta norma garantiza que los barcos fluyan sin interferencias. Sin embargo, aquí la ley es un fantasma. Irán, que nunca ratificó el tratado, reclama su derecho a juzgar quién pasa "inocentemente" por sus 12 millas de soberanía. Estados Unidos, que tampoco ha ratificado el mismo tratado por razones de conveniencia soberana, exige que el resto del mundo lo cumpla como si fuera palabra sagrada.
Esta es una de las paradojas del bullying global: se invoca la ley para castigar al rival, pero se ignora para proteger al aliado.
Se vio con claridad meridiana en la reciente crisis de la Flotilla de la Libertad. Israel abordó buques de ayuda humanitaria en aguas internacionales, a cientos de millas de su mar territorial. Bajo cualquier lectura rigurosa del derecho marítimo, capturar un barco extranjero en alta mar sin el consentimiento del estado de su bandera es un acto de piratería. Sin embargo, la narrativa mediática dominante rara vez usa esa palabra. Se habla de "operaciones de seguridad" o "mantenimiento del bloqueo", términos que suavizan la agresión y evitan cuestionar la ilegalidad de actuar en aguas que no pertenecen a nadie y pertenecen a todos.
La prensa internacional juega un papel crucial en este silencio. Al omitir las precisiones técnicas sobre el derecho de navegación y los límites de las 12 millas de mar territorial, los medios permiten que la audiencia perciba estos actos no como violaciones flagrantes a tratados internacionales, sino como medidas necesarias de defensa. El análisis legal es reemplazado por la retórica emocional.
En la práctica, el Derecho Internacional parece funcionar como un código de conducta voluntario. Si eres una potencia nuclear o un aliado estratégico de quien posee el veto en la ONU, las 12 millas de soberanía son elásticas y las aguas internacionales son tu patio de juegos. Si eres un estado periférico o un actor "hostil", esas mismas millas se convierten en una soga al cuello bajo la mirada vigilante de flotas extranjeras.
Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Mientras no exista una autoridad capaz de sancionar por igual al que bloquea un estrecho y al que asalta barcos en alta mar, el Derecho del Mar seguirá siendo lo que es hoy: una herramienta de propaganda para los poderosos y una ilusión jurídica para los demás. El mapa del mundo no lo trazan los abogados en la ONU, sino los acorazados en el horizonte.