Reacomodo económico global en 2026: Ofensiva comercial, intervenciones y amenazas militares de EU

Estrategia$
Lunes, 12 de enero de 2026

Por Enrique M. Rovirosa

En solo un año, Estados Unidos (EU) ha reconfigurado el tablero geopolítico con una intensidad no vista desde los años posteriores al 11 de septiembre. Bombardeos en Medio Oriente y África, operaciones quirúrgicas en América Latina, amenazas abiertas contra gobiernos aliados y adversarios, y una retórica que tiene a Washington en el centro de múltiples tensiones simultáneas.

El resultado es un mundo más incierto, más volátil y con una economía que inicia 2026 con menos impulso del que tuvo al cierre de 2025. La combinación de intervenciones militares y amenazas explícitas ha añadido una capa adicional de riesgo a un sistema económico que muestra claros signos de fatiga.

Aunque la Casa Blanca ha insistido en que sus acciones responden a amenazas directas contra la seguridad nacional, la realidad es que 2025 se convirtió en uno de los años con mayor actividad militar estadounidense fuera de sus fronteras en más de una década. Sus operaciones abarcaron tres continentes y múltiples teatros de conflicto.

En Somalia, desde febrero de 2025, EU reanudó una campaña aérea sostenida contra células de ISIS-Somalia y Al Shabab. Ataques lanzados desde portaaviones y bases regionales superaron un centenar, justificando Washington justificó esa ofensiva como una medida preventiva para evitar que el Cuerno de África se convirtiera en un santuario para grupos extremistas.

En Irak, el 13 de marzo de 2025 un ataque aéreo de una coalición liderada por EU eliminó al segundo líder de ISIS en la provincia de Anbar. Aunque la operación fue puntual, marcó el retorno del vecino del norte a acciones directas en territorio iraquí tras varios años de relativa contención.

En Yemen, entre marzo y mayo de 2025, la Operación Rough Rider se convirtió en la ofensiva más amplia del periodo. Más de 800 ataques destruyeron infraestructura militar de los hutíes: radares, drones, misiles, depósitos y puertos. El ataque al puerto de Ras Issa dejó decenas de civiles muertos, lo que generó críticas internacionales y tensó aún más la relación entre Washington y Teherán.

En Irán, el 22 de junio de 2025 bombarderos B 2 y misiles Tomahawk atacaron instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán. Como resultado, el Pentágono aseguró que el programa nuclear de este país quedó retrasado entre uno y dos años. Teherán denunció el ataque como un acto de guerra.

En Nigeria, e 25 de diciembre de 2025 misiles estadounidenses impactaron campamentos de ISIS-Sahel en Sokoto. La operación fue coordinada con el gobierno nigeriano, que enfrenta una expansión del extremismo en su territorio.

En Siria, en diciembre de 2025 y enero de 2026, la Operación Hawkeye Strike destruyó más de 100 objetivos de ISIS. La ofensiva fue una represalia directa por la muerte de soldados estadounidenses en una emboscada en Palmyra.

En Venezuela, a partir de septiembre de 2025 EU llevó a cabo la destrucciones de embarcaciones señaladas de estar vinculadas al narcotráfico en el Caribe y el Pacífico. Después, en diciembre, lanzó ataques en territorio venezolano contra instalaciones asociadas al gobierno de Nicolás Maduro. Y en enero de 2026, fuerzas estadounidenses capturaron al mandatario en Caracas, en una operación que desató un terremoto diplomático en América Latina.

Si las intervenciones militares marcaron el ritmo de 2025, las amenazas de Washington ampliaron el espectro de incertidumbre en este 2026. Algunas fueron veladas; otras, explícitas.

En Colombia, tras la captura de Maduro, el presidente Gustavo Petro criticó la operación. La respuesta desde Washington fue una advertencia directa: Colombia “podría ser el siguiente”. El motivo: vínculos con el narcotráfico.

A la vez, la Casa Blanca acusó a La Habana de apoyar al gobierno venezolano. Funcionarios estadounidenses insinuaron que Cuba enfrentaría consecuencias si continuaba “interfiriendo” en la región.

Por lo que respecta a México, en el marco de la lucha contra los cárteles y la migración, Washington dejó abierta la posibilidad de acciones militares en el territorio nacional, inscribiendo la retórica en una reinterpretación expansiva de la Doctrina Monroe.

Sobre Panamá, EU señaló  que podría “reclamar” el control del Canal si considera que intereses estratégicos están en riesgo, una declaración que sorprendió incluso a aliados cercanos.

Y respecto a Irán, tras protestas internas en Teherán, Washington advirtió que estaba “listo para golpear” si el régimen intensificaba la represión.

Y con relación a las ambiciones sobre Groenlandia (Dinamarca), la administración estadounidense reiteró que podría usar fuerza para asegurar control estratégico en el Ártico frente a Rusia y China.

No hay que pasar por alto que mientras desplegaba poder militar y diplomático, Washington y había abierto otro frente: la guerra arancelaria.

En 2025, impuso o incrementó aranceles a China enfocándose en sectores tecnológicos, manufactura avanzada y bienes de consumo. Hizo lo propio con México afectando productos industriales y agrícolas, bajo el argumento de “presión migratoria”. En el caso de Europa se enfocó en acero, automóviles y bienes energéticos, mientras que tratándose de la India y el Sudeste Asiático lo hizo en textiles, farmacéuticos y manufacturas.

Las razones detrás de esta estrategia buscaron tres objetivos: 1) Repatriar producción hacia territorio estadounidense; 2) Castigar a gobiernos considerados adversarios o “insuficientemente cooperativos” y; 3) Reforzar la posición negociadora de Washington en acuerdos bilaterales.

El efecto inmediato fue un aumento en costos de importación, tensiones comerciales y una mayor fragmentación del comercio global.

En este convulsionado entorno, la economía mundial arranca 2026 con un crecimiento proyectado de alrededor del 2.7%, cifra por debajo del promedio prepandemia. Los organismos internacionales coinciden en que la combinación de tensiones comerciales, conflictos regionales y choques geopolíticos —incluyendo los protagonizados por Estados Unidos— está frenando la recuperación.

Las tensiones en Medio Oriente, especialmente tras los ataques en Irán, Siria y Yemen, han elevado la volatilidad en los mercados energéticos. Europa, altamente dependiente de importaciones, enfrenta costos más altos y una presión inflacionaria persistente.

Por su parte, países intervenidos o amenazados como son los casos de Venezuela, Colombia, México, Nigeria y Somalia, han experimentado una serie de incrementos en sus primas de riesgo, situación que encarece el financiamiento, reduce la inversión y limita el crecimiento.

Las amenazas a México y Panamá afectan rutas clave de comercio, pues la incertidumbre geopolítica encarece seguros marítimos y frena decisiones de relocalización industrial. Asimismo, la alta volatilidad geopolítica alimenta un clima de cautela. Empresas y fondos de inversión adoptan estrategias de “esperar y ver”, retrasando proyectos de largo plazo.

En este contexto, observamos un mundo más tenso y con una economía más frágil. Si bien 2025 cerró con una economía débil pero estable, este año inicia con un entorno más volátil, marcado por intervenciones militares, amenazas abiertas y un reacomodo estratégico que coloca a EU en el centro de múltiples frentes simultáneos disruptivos.

Como resultado, la pregunta que domina en los mercados y organismos multilaterales es si esta tendencia se moderará o, por el contrario, si 2026 será el año en que la geopolítica termine por frenar de manera más severa el crecimiento global. Por ahora, lamentablemente muchos asignamos una mayor probabilidad de ocurrencia a la segunda opción.